C360_2017-03-24-08-52-30-781

Este es uno de los posts más personales que he escrito hasta ahora. La “culpable” (gracias, por cierto) de que empezara a compartir mi maternidad con sus claros y sus oscuros – algunos días más bien negros – fue la fotógrafa Victoria Peñafiel. Cada febrero, ella lanza un reto en Instagram llamado #febrerosinedulcorantes en los que anima a la comunidad a publicar una foto diaria de su día a día sin preparar ni edulcorar.

Eso no quiere decir que no intentes hacer una foto bonita, claro, pero en mi caso, decidí dar prioridad al texto que acompañaba cada foto que publiqué durante el reto. Y casi sin darme cuenta, estaba usando Instagram para hablar de las rabietas de La Patu, de sus lagrimas y de las mías.

Los cambios

Estos últimos meses han habido muchos cambios y para mí los más difíciles de llevar han sido los que también han afectado a La Patu. De ir 3 horas a la guarde decidimos que empezara a quedarse a comer y a dormir. Y de ahí pasamos a un cambio de guarde y a ampliar su horario hasta las 17:00 de la tarde.

¿Os imagináis lo que es pasar de estar casi todo el día con tu peque a llevarla hasta las 17:00 y en una guarde nueva? ¡Y todo eso en menos de un mes! Una auténtica locura que me provocó sentimientos encontrados.

Por un lado, La Patu estaba feliz. Durmió la siesta como los demás niños y, atención, ¡SIN TETA!, desde el primer día. Después la cambiamos de guardería y la tía ni se inmutó, adora a su maestra y ya ha hecho amigos.

Yo, por mi parte, estaba que no me lo creía ya que por fin tenía tiempo para todo: la casa empezó a tener el aspecto que tocaría, podía sacar el curro adelante sin tener que quitarme horas de sueño e ir al gimnasio a despejar la mente.

Parece todo muy ideal pero NO. Muchas cosas mejoraron pero echando la vista atrás la adaptación no fue nada fácil. Para ninguna de las dos.

Recuerdo perfectamente las dos primeras semanas en la nueva guarde a jornada completa. Las noches en especial. Es cierto que La Patu no es de dormir bien pero esas noches fueron de lo más intensas. Teta non stop durante horas (¡seguidas!) como si fuera un recién nacido, mil doscientos despertares (más de los habituales si es eso posible), golpes y patadas si me negaba a darle pecho…

Y ahí estaba su “disconformidad” con todo lo que estaba pasando. Si los cambios son duros para un adulto, para un peque de 23 meses era evidente que por algún lado tenía que salir.

No quiero caer en el tópico de “eso es que me echaba de menos” porqué este diagnóstico lo he hecho otras veces y me he equivocado. Tal vez fuera eso o tal vez un diente, el caso es que al pasar la primera semana decidí hacer algo para celebrar que la habíamos superado.

Y digo “habíamos” porque para mí no fue nada fácil tampoco. Por un lado me sentía genial de tener tanto tiempo pero por el otro estaba triste y decaída. Echaba de menos a mi peque, había estado con ella las 24 horas del día hasta los 18 meses, y me sentía culpable por desear que fuera más horas a la guarde sin tener un trabajo de 8 horas. Aquí tengo que dar las gracias a mi madre que, sin ella saberlo, hizo que se me pasara toda la tontería/culpa cuando me dijo: “Mar, yo os llevé a la guardería con un año y no trabajaba”.

El ritual

El caso es que, al final de la semana, decidí poner nombre a todas esas emociones y hacer balance. Y pensé en algo que nos permitiera cerrar esa etapa y empezar la siguiente con más ilusión y menos tristeza. ¿Pero como podía implicar a la peque en este proceso? Pues con su juego favorito por aquel entonces: tirar piedras en el río.

Primero fuimos juntas a recoger siete piedras y en cada una de ellas escribimos por ambas caras. En una cara pusimos el día de la semana y por la otra los sentimientos que teníamos ese día.

No hace falta decir que ella se limitó a colorear pero yo le iba explicando igualmente:

“El lunes tú estabas inquieta y mami estaba nerviosa” y yo escribía las palabras “inquieta” y “nerviosa” en la piedra donde ponía lunes.

Y así fuimos escribiendo como nos sentíamos cada día de la semana hasta llegar al domingo, donde los sentimientos ya habían evolucionado hacia cosas más positivas. ¿El objetivo? Simplemente ver como nuestros sentimientos fueron cambiando de lunes a domingo y como conseguimos acabar esa semana con más serenidad.

Una vez identificados los sentimientos, solo faltaba hacer algo para dejarlos atrás y poder empezar la siguiente semana con otras sensaciones. No fue difícil encontrar la manera perfecta para hacerlo: cogimos las piedras y las fuimos a tirar a nuestro río de siempre.

Ella lo pasó genial y yo disfruté como una enana viéndola. Un gesto tan simple pero con tanto significado al mismo tiempo, me hizo sentir en paz. Y como ellos se empapan de lo que sentimos, sé que La Patu empezó la semana siguiente más tranquila y serena.

Y vosotr@s, ¿algún ritual o juego que hagáis con vuestros peques para superar etapas?

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s